BARÓMETRO

El único sistema de medición online y en tiempo real de la política chilena

El fútbol como escuela de humanidad: lecciones sobre la tragedia en Avellaneda

El pasado 20 de agosto, el partido entre Independiente de Avellaneda y Universidad de Chile por la Copa Sudamericana terminó en una escena que avergüenza al fútbol mundial: butacas arrancadas y lanzadas, bombas caseras, barras invadiendo la tribuna rival, hinchas chilenos golpeados, desnudados y humillados. Decenas de heridos y centenares de detenidos son la muestra de que algo profundo falló. No basta con culpar a unos pocos “desadaptados”: el problema es social, político y cultural.

El fútbol no es un simple espectáculo de masas. Es uno de los principales escenarios de construcción identitaria de nuestras sociedades. Como sostiene la historiadora Brenda Elsey, el balompié en América Latina ha sido históricamente un espacio de ciudadanía y protesta, donde comunidades populares han expresado sus anhelos y también sus frustraciones. Los estadios, al igual que las escuelas o universidades, moldean valores, cohesionan colectivos y son lugares donde se aprenden normas de convivencia. Precisamente por eso, deben ser espacios libres de violencia, donde el juego y la pasión saquen lo mejor del ser humano, no lo peor.

El sociólogo Pierre Bourdieu advirtió que la violencia no siempre es visible: muchas veces es simbólica, estructural, internalizada. Las “barras bravas” no sólo ejercen golpes y amenazas, también producen una cultura del miedo y la exclusión, constituyendo organizaciones criminales o asociaciones ilícitas donde pertenecer implica someterse a jerarquías violentas. Este tipo de dominación simbólica se reproduce cuando las instituciones miran hacia otro lado o mercantilizan el espectáculo sin asumir su responsabilidad educativa y social. El fútbol deja de ser un espacio de construcción social y cultural, y pasa a ser todo lo contrario.

Algo de eso denuncia Luis Martínez Andrade en su libro «Fútbol y teoría crítica»: el deporte rey se ha despolitizado y mercantilizado, perdiendo su potencial emancipador. Las hinchadas son instrumentalizadas como masa de presión, pero poco se hace por ofrecerles caminos de participación no violenta, por vincular el fútbol con proyectos comunitarios y educativos. La tragedia de Avellaneda revela esta falla estructural: clubes, federaciones y Estados deben asumir que el estadio es un espacio cívico y, por tanto, requiere reglas claras, seguridad sin abusos y pedagogía social.

El Presidente Gabriel Boric calificó con razón de “irresponsable” la organización del partido y exigió atención para los heridos y garantías a los detenidos. Pero no basta con la condena coyuntural. Urgen políticas sostenidas: protocolos estrictos contra la violencia, sanciones reales a quienes lucran con ella y, sobre todo, una apuesta por el fútbol como espacio de formación ciudadana. Programas de educación en valores deportivos, integración barrial y participación juvenil pueden hacer más que mil rejas y mil guardias. El fútbol es deporte, y como tal sus infraestructuras deben ser espacios de encuentro y desarrollo, jamás de desunión y enfrentamiento.

Los estadios son tan importantes como las aulas. En ellos se juega, sí, pero también se aprende. Se compite, sí, pero deportivamente. De la sociedad en su conjunto depende que la lección no sea la humillación y la sangre, sino el respeto y la dignidad. El fútbol puede ser una escuela de humanidad, siempre que dejemos de normalizar la barbarie y apostemos a que la pasión por el juego se viva sin miedo. Nada importan las banderas, las naciones o los colores, en todas las canchas del mundo se debe construir sociedad y cultura, no para enfrentarnos o dividirnos, sino para caminar juntos por un mejor vivir colectivo.

Por _Don Chileno_

Comparte la noticia en tus redes sociales